Enero tiende a significar la llegada de un año nuevo lleno de esperanzas e ilusiones para todo el mundo, pero como todos los destinos turísticos, para el local de la familia Beltrán, siempre trae una época en la que no generan dinero y su restaurante, “La Sirena”, queda gobernado por el silencio que se avecina tan pronto que los turistas regresan a sus hogares y el único recuerdo que llevan consigo de Isla Reyna son las fotos que tomaron en la playa con sus celulares.

Carlos recién comenzaba su día en su nueva posición, su padre lo ascendía de puestos cada vez que las campanadas del 31 de diciembre terminaban y un nuevo año comenzaba. Esta vez lo promovió de gerente de ventas a “asistente del dueño”, básicamente eran las mismas responsabilidades que cargaba desde que tenía diecisiete años, lo único que cambiaba era que ahora tendría que despertarse más temprano para asegurarse que los proveedores llevaran lo que solicitaron.

3 de enero

Apenas hace unas semanas, Carlos había tenido que atender a grupos enormes de turistas americanos ya que venían a curarse la cruda que sus amigos o sus compañeros turistas les ocasionaron una noche anterior. Como todos los eneros desde que Carlos comenzó a tener mas responsabilidades en el restaurante, sus costumbres diarias lo confundían y tendía a levantarse temprano ya que estaba acostumbrado a recibir grupos de turistas que apenas estaban llegando a la isla.

Los días en los que llegaba el barco que traía consigo a los turistas, Carlos iba a promocionar el restaurante para que lo primero que comieran fuera un “pedazo de nuestras tradiciones”, como diría su padre. Esa frase, mas el letrero del restaurante, era lo que mas llamaba la atención de los turistas. Aunque realmente solo fuera la misma comida que encontrarías en cualquier marisquería, aquí lo atractivo era la frescura de estos mismos.

Mientras Carlos estaba comenzando a preparar las mesas para lo que él esperaba fuera un local desértico, recibió una llamada de Nacho, su mejor amigo y el que se encargaba de organizar a las embarcaciones que llegaban y partían.

“¡Charlie! Cosa rápida, tenemos visitas.”, grito Nacho tan pronto que Carlos se pegó el teléfono al oído.

“¿Seguro Nacho? Los últimos gringos se fueron hace días, es muy raro ver a uno de ellos pasearse por acá en estas fechas.”

“Sorprendentemente no son gringos Charlie, estos se ven más como europeos. ¿Sabes que significa?”

Carlos no tenía que contestar eso, la última vez que atendió a clientes europeos pudo comprarse un Nintendo Switch por la cantidad de propina que le dejaron en el lapso de dos semanas.

“Nacho, apártame el lugar de siempre, no me tardo en llegar.”, mientras guardaba su teléfono en su bolsillo, Carlos comenzó a correr hacía la camioneta que usaban en el restaurante para transportar parrillas a las casas de sus clientes en caso de que fueran contratados.

Al lugar que se refería Carlos era el estacionamiento privado de los dueños del puerto, aunque se haya construido para su uso público, todos sabían que era la familia Lozada los que ganaban dinero mientras se usara el lugar. Nacho no estaba relacionado con ellos, pero una de las hijas de los Lozada, Marina, lo conocía desde que eran niños, eso hacía que fuera mas sencillo de convencer a sus padres que le diera permiso de usar esa sección del estacionamiento, claro, si es que sus padres visitaban el muelle y lo notaban.

Carlos llegó en un lapso de diez minutos a su destino, hubieran sido menos, pero su padre no había sacado la parrilla del coche para que esta pudiera ser limpiada antes de su próximo uso. Una vez que llegó al puerto, se estacionó en el lugar que tenía marcas hechas por una bicicleta, pues sabía que Nacho estuvo practicando sus trucos para impresionar a Cristina, la hermana mayor de Marina.

Una vez que se estacionó, sacó la pancarta que tenía el logo del restaurante, una sirena sonriente, y la dirección junto con un código QR al costado para quien tuviera su teléfono a la mano, un estómago vacío y dinero suficiente para pagar el taxi que pudiera llevarlo al restaurante.

Carlos ya sabía la rutina que tenía que hacer, una vez que se había estacionado en el lugar que Nacho le había apartado, se encaminaba a la sección donde los turistas salían una vez que el barco llegaba a la isla, se plantaba en una zona en la que la sombra del edificio que recibía a los turistas y extendía la pancarta con todos los datos del restaurante.

Mientras terminaba de asentarse, Carlos pudo ver a Nacho hablar con Marina a lo lejos, de seguro para volver a insistirle que le ayude con Cristina y en un abrir y cerrar de ojos, notó que había una muchacha atrás de él.

Parecía tener su edad, o por lo menos era lo que su mente le decía, notó que tenía la piel de color blanca. Lo que sorprendió a Carlos no fue el tono de su piel, pero la vestimenta que la desconocida estaba usando, pues lucía un vestido negro como si fuese a un velorio, traía puesto un sombrero amplio que caía sobre sus hombros y, para terminar de añadir a su imagen, llevaba puestos unos lentes oscuros que le cubrían una gran parte de su frente al igual que los pómulos.

Una vez que la sorpresa se desvaneció de su cuerpo, Carlos comenzó a notar que las puertas de la embarcación ya estaban abiertas, así que se apuró lo mas que pudo y comenzó su rutina para llamar la atención de su posible clientela.

“¡Vengan a La Sirena, el mejor restaurante de mariscos de Isla Reyna! ¡Ya serán ustedes los jueces si es la mejor marisquería del mundo!”, grito con viva voz.

Carlos se sorprendió al ver que su futura clientela, las personas que estaban descendiendo del barco, eran mujeres, pero eso no fue lo que lo sorprendió mas, pues era normal ver grupos de despedidas de solteras (aunque su temporada alta era en abril), lo sorprendente es que portaban la misma vestimenta que la muchacha que vio hace unos minutos, todas lucían vestidos fúnebres negros, sombreros que se caían hasta los hombros y lentes de sol que cubrían la mitad de sus rostros.